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Hay lugares que aparecen en los mapas y otros que permanecen grabados en la memoria. La Fuente de la Sorda pertenece, sin duda, a los segundos.
Quien haya nacido en Villamiel seguramente habrá pasado por ella decenas, quizá cientos de veces. Quien llegó después, probablemente escuchó hablar de ella antes incluso de verla. Porque esta fuente no es solamente un lugar donde brota agua fresca. Es un rincón donde brotan recuerdos, conversaciones, risas y una parte de la historia cotidiana del pueblo.
Hoy continúa manando con la misma tranquilidad de siempre, como si el paso de los años no fuera con ella.
Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que abrir un grifo dentro de casa era un lujo impensable. Entonces, la vida del pueblo transcurría en torno a las fuentes.
La Fuente de la Sorda era uno de esos lugares imprescindibles. Hasta allí acudían vecinos y vecinas para llenar cántaros, refrescarse durante los meses más calurosos o dar de beber al ganado después de una larga jornada por el campo.
No era extraño que, mientras el agua llenaba lentamente los recipientes, se intercambiaran noticias, se comentaran las cosechas, se organizaran trabajos o simplemente se compartiera un rato de conversación.
¿Quién iba a pensar que una fuente podía convertirse en una especie de «red social» mucho antes de que existieran los teléfonos móviles?
La fuente conserva la sencillez propia de la arquitectura popular serrana: un caño de agua procedente de un manantial natural que desemboca en un sólido pilón de granito.
Pero si hay algo de lo que hablan todos los vecinos es de su agua.
Fresca en pleno verano. Clara durante todo el año. Y, según cuentan quienes mejor la conocen, sorprendentemente constante incluso cuando la sequía aprieta.
No existe un estudio que demuestre que nunca disminuya su caudal, pero la tradición popular lleva generaciones repitiendo la misma frase:
«La Fuente de la Sorda nunca se seca.»
Quizá sea una exageración nacida del cariño que se le tiene. O quizá haya algo de verdad en esa afirmación. Lo cierto es que esa fama ha acompañado siempre a este manantial.

Aquí comienza uno de esos misterios que hacen tan interesantes a los pueblos.
No existe documentación histórica que explique con certeza el origen del nombre, pero la tradición oral ha conservado varias posibilidades.
Una de ellas cuenta que cerca de la fuente vivía una mujer conocida por todos como la Sorda, y que, con el paso del tiempo, el lugar terminó adoptando su apodo.
Otra teoría mira hacia la propia naturaleza del manantial. En distintos lugares de España se utiliza el término «sordo» para describir un nacimiento de agua oculto, silencioso, que brota desde el interior de la roca sin apenas hacerse notar.
¿Cuál de las dos versiones será la verdadera?
Quizá ninguna. Quizá las dos escondan una parte de la verdad.
Y, siendo sinceros… ¿no tienen también su encanto los misterios que nunca llegan a resolverse?
Si visitas Villamiel durante las fiestas patronales, descubrirás que la Fuente de la Sorda cambia completamente de ambiente.
La música de la charanga rompe el silencio habitual del lugar y, casi sin que nadie lo planee… ocurre lo de todos los años.
Entre bromas, carcajadas y algún que otro despiste muy oportuno, alguien acaba dentro del pilón.
Los vecinos cuentan que esta costumbre lleva muchos años formando parte de la celebración y que incluso antiguamente se limpiaban las algas del pilón para evitar resbalones y mantener viva la tradición.
Porque hay costumbres que no aparecen escritas en ningún reglamento, pero que todo el mundo conoce.
Y precisamente por eso sobreviven.
Los mayores recuerdan que el agua de la Fuente de la Sorda era la mejor recompensa después de una mañana trabajando en el campo.
No se hablaba de minerales ni de análisis químicos.
Simplemente se decía que estaba buena.
Muy buena.
Quizá porque nacía directamente de la sierra.
Quizá porque siempre estaba fresca.
O quizá porque el cansancio convierte cualquier vaso de agua en el mejor refresco del mundo.
Aunque no existen leyendas que le atribuyan propiedades milagrosas, como sucede con otras fuentes extremeñas, quienes la han bebido durante toda la vida siguen defendiendo que pocas saben igual.
Y eso, aunque no pueda medirse en un laboratorio, también forma parte del patrimonio de un pueblo.
Vivimos deprisa.
Demasiado deprisa.
Vamos de un sitio a otro pendientes del reloj, del teléfono y de la siguiente tarea.
Sin embargo, basta con acercarse unos minutos a la Fuente de la Sorda para descubrir que todavía existen lugares donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo.
El sonido constante del agua, la sombra, el granito desgastado por los años y el paisaje que la rodea invitan a detenerse.
A mirar.
A escuchar.
A recordar.
Porque los pueblos no se construyen únicamente con calles, casas o monumentos.
También se construyen con pequeños rincones que forman parte de la vida de quienes los habitan.
La Fuente de la Sorda no necesita grandes carteles ni espectaculares monumentos para tener valor.
Su importancia reside precisamente en lo cotidiano.
En todas las personas que pasaron por allí con un cántaro.
En las conversaciones que nunca quedaron escritas.
En las generaciones que aprendieron el camino hasta la fuente antes incluso de aprender muchos otros.
Y en las risas que cada verano siguen resonando alrededor del pilón.
Porque hay lugares que conservan agua.
Y otros que, además, conservan recuerdos.
La Fuente de la Sorda tiene la suerte de guardar ambas cosas.
Y ahora queremos preguntarte a ti.
¿Qué recuerdo guardas de la Fuente de la Sorda?
¿Fuiste alguna vez a buscar agua con tus padres o tus abuelos? ¿Has terminado dentro del pilón durante las fiestas? ¿Conoces alguna historia o leyenda que no hayamos contado?
Nos encantará leerte. Porque las mejores historias de Villamiel siguen viviendo en la memoria de sus vecinos.