Cuando nació la radio

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Imagine por un momento que alguien entra en su casa, coloca sobre una mesa una caja de madera y le asegura que, si espera unos minutos, de allí saldrá la voz de una persona que está hablando a cientos de kilómetros. No hay ningún cable que una ambos lugares, tampoco internet, satélites ni teléfonos móviles. Seguramente lo primero sería mirar la caja, después al individuo que acaba de hacer semejante promesa y, finalmente, buscar educadamente la manera de acompañarlo hasta la puerta.

A finales del siglo XIX la reacción probablemente habría sido parecida y, sin embargo, aquello que parecía propio de algún relato fantástico terminó ocurriendo. La humanidad descubrió cómo enviar señales a través del aire y, poco después, cómo hacer viajar también la voz y la música.

Había nacido una tecnología que acabaría entrando en millones de hogares, acompañaría guerras y celebraciones, anunciaría acontecimientos históricos y conseguiría algo todavía más difícil: que una persona completamente sola pudiera sentir que alguien estaba allí, al otro lado.

La radio empezaba a hablar y muy pocos podían imaginar hasta dónde llegaría aquella voz.

Antes de escuchar, hubo que imaginar

Buscar al inventor de la radio parece sencillo hasta que uno empieza a tirar del hilo. Entonces aparecen tantos nombres que aquello comienza a parecer una discusión familiar sobre quién hizo realmente la paella.

Durante mucho tiempo, Guglielmo Marconi ocupó prácticamente en solitario el pedestal. El italiano consiguió desarrollar sistemas eficaces de telegrafía inalámbrica, realizó transmisiones cada vez a mayor distancia y convirtió los avances científicos anteriores en una tecnología capaz de funcionar fuera del laboratorio.

Pero Marconi no comenzó desde cero.

Décadas antes, el físico escocés James Clerk Maxwell había formulado matemáticamente la existencia de las ondas electromagnéticas. Era una idea extraordinaria: la energía podía propagarse por el espacio mediante ondas invisibles.

El alemán Heinrich Hertz consiguió después demostrar experimentalmente que aquellas ondas existían. Por eso hoy hablamos de hercios cuando medimos frecuencias, aunque probablemente Hertz jamás imaginó que su apellido acabaría apareciendo en radios, televisores, ordenadores y teléfonos de medio planeta.

A partir de ahí comenzó una carrera científica extraordinaria en la que participaron investigadores como Nikola Tesla, Aleksandr Popov, Oliver Lodge o el propio Marconi, cada uno aportando piezas diferentes al enorme rompecabezas de la comunicación inalámbrica.

Por eso afirmar simplemente que «Marconi inventó la radio» resulta cómodo, pero también demasiado simplificador. La radio fue una construcción colectiva, nacida de descubrimientos sucesivos que permitieron pasar de una ecuación escrita sobre papel a una señal capaz de atravesar kilómetros.

Al principio, además, nadie estaba escuchando voces. Lo que viajaba eran impulsos, puntos y rayas que componían mensajes telegráficos enviados mediante código Morse. Aquello ya era revolucionario porque permitía comunicarse sin necesidad de tender físicamente un cable entre emisor y receptor y, para los barcos, supuso especialmente un cambio extraordinario: una embarcación podía mantenerse comunicada incluso encontrándose lejos de tierra firme.

Pero todavía faltaba algo fundamental.

Si aquellas ondas podían transportar una señal, ¿por qué no hacer que transportaran también la voz humana?

La pregunta abrió una puerta que ya nunca volvería a cerrarse.

A comienzos del siglo XX comenzaron los experimentos destinados a transmitir sonidos. El canadiense Reginald Fessenden ocupa un lugar fundamental en esta historia y tradicionalmente se le atribuye una emisión realizada en la Nochebuena de 1906 en la que habría transmitido voz y música para operadores de radio situados en barcos del Atlántico.

Conviene introducir aquí una pequeña precaución histórica: algunos investigadores han cuestionado posteriormente determinados detalles de aquella célebre emisión. La historia de la radio, como tantas otras, también tiene sus discusiones.

Lo verdaderamente importante era lo que estaba sucediendo. La comunicación inalámbrica dejaba de ser únicamente una herramienta para enviar mensajes codificados y empezaba a convertirse en algo completamente diferente: un medio capaz de hablar simultáneamente a miles de personas.

La caja que reunió a las familias

Durante los años veinte comenzaron a surgir emisoras regulares en distintos países y la radio inició su conquista de los hogares. El aparato dejó progresivamente de pertenecer al mundo de científicos, militares y operadores para instalarse en salones y cocinas.

Y allí ocurrió algo extraordinariamente humano.

Las familias comenzaron a reunirse alrededor de una caja.

Hoy puede parecernos extraño. Vivimos rodeados de pantallas individuales, auriculares y contenidos disponibles cuando queremos; incluso dos personas sentadas en el mismo sofá pueden estar viendo cosas completamente diferentes. La radio hizo exactamente lo contrario: reunió a las personas alrededor de una misma voz.

Había que imaginar lo que estaba ocurriendo porque no existía ninguna imagen que ayudara. Un partido de fútbol se construía en la cabeza siguiendo la narración del locutor; una obra de teatro podía representarse dentro de un salón sin que apareciera un solo actor, y las noticias llegaban pronunciadas por una voz cuya cara muchos oyentes ni siquiera conocían.

¿Hemos perdido algo de aquella capacidad de imaginar?

Seguramente sí, porque escuchar obliga también a participar. Cuando alguien dice «un castillo sobre una montaña», cada oyente construye su propio castillo. La televisión nos enseñaría después exactamente cómo debía ser; la radio, en cambio, dejaba una parte del trabajo a nuestra imaginación.

En España, las primeras experiencias radiofónicas comenzaron durante los primeros años veinte y Radio Barcelona, EAJ-1, inició sus emisiones oficiales en noviembre de 1924. Poco después aparecerían nuevas estaciones y aquel invento empezó a extenderse por el país.

El aparato todavía era caro y no todas las familias podían permitírselo. Eso provocó escenas que hoy resultan difíciles de imaginar: vecinos reuniéndose en una casa para escuchar determinadas emisiones, personas acercándose a establecimientos donde había un receptor o familias enteras esperando alrededor del aparato a que comenzara su programa favorito.

La radio estaba dejando de ser únicamente una maravilla tecnológica. Empezaba a convertirse en compañía.

Cuando España escuchaba junta

Durante buena parte del siglo XX, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana española. Llegaron los informativos, las radionovelas, los concursos, los seriales, los programas musicales y, por supuesto, el deporte.

Hubo voces capaces de reunir a millones de personas alrededor del receptor.

En los pueblos, además, la relación con la radio adquirió características particulares. Mientras se trabajaba en casa, en el campo, en un taller o detrás de la barra de un establecimiento, podía mantenerse encendida durante horas sin exigir atención constante. No pedía que dejáramos de hacer lo que estábamos haciendo; simplemente nos acompañaba mientras lo hacíamos.

Quizá ahí esté uno de sus secretos.

La televisión exige nuestros ojos, el periódico necesita lectura y el teléfono reclama continuamente nuestras manos y nuestra atención. La radio puede convivir con nosotros mientras conducimos, cocinamos, trabajamos o simplemente contemplamos cómo pasa la tarde.

También estuvo presente en algunos de los momentos más difíciles de nuestra historia. Durante guerras, crisis y acontecimientos extraordinarios, millones de personas buscaron en ella información y compañía. Cuando ocurría algo importante, encender la radio se convirtió durante décadas en un gesto casi automático.

Después llegó la televisión y muchos pensaron que aquello sería el final. Más tarde aparecieron los vídeos domésticos, los canales privados, internet, YouTube, las plataformas musicales, los pódcast y las redes sociales. Cada nueva tecnología parecía llegar acompañada del mismo diagnóstico: ahora sí, la radio estaba condenada.

La paciente lleva más de cien años escuchando el parte de su propia defunción y, por el momento, parece encontrarse razonablemente bien.

La radio dejó de necesitar una radio

La transformación más curiosa llegó con internet.

Durante décadas, para escuchar una emisora había que encontrarse dentro del alcance de sus ondas. Una montaña podía dificultar la recepción, una distancia excesiva podía hacer desaparecer la señal y encontrar determinadas estaciones exigía girar lentamente una rueda mientras aparecían silbidos, interferencias y voces lejanas.

Quienes tengan cierta edad seguramente recordarán aquel ritual de mover cuidadosamente el dial, retroceder porque nos habíamos pasado, avanzar otra vez y celebrar finalmente la aparición de la emisora buscada. Cuando aquello ocurría, mejor no tocar demasiado el aparato por si el milagro desaparecía.

Internet acabó con buena parte de aquella frontera física. Una emisora situada en un pequeño municipio puede escucharse hoy desde Madrid, Buenos Aires, Berlín o prácticamente cualquier lugar del planeta con conexión a la red.

Durante más de un siglo hemos cambiado casi todo: los enormes equipos de los primeros experimentadores desaparecieron, las válvulas dejaron paso a los transistores, los receptores se hicieron portátiles y las antenas dejaron de ser imprescindibles para muchos oyentes. Después llegaron los ordenadores y finalmente los teléfonos móviles.

Pero seguimos haciendo esencialmente lo mismo que aquellos primeros radioaficionados: alguien habla y, en otro lugar, alguien escucha.

Y entonces llega un día en el que toda esa modernidad decide dejarnos tirados.

Cuando todo lo demás se apaga

Ayer ocurrió.

Durante unas horas, buena parte de esa tecnología que hemos convertido en imprescindible dejó de colaborar. Las comunicaciones fallaron, internet desapareció y el teléfono móvil, ese pequeño aparato al que hemos confiado conversaciones, fotografías, mapas, noticias, trabajo y media vida, pasó a tener aproximadamente la utilidad de un pisapapeles bastante caro.

Entonces comienza el protocolo universal de emergencia tecnológica.

Apagamos y encendemos el router porque todos sabemos que ese es el primer mandamiento de la informática doméstica. Miramos el móvil esperando que aparezcan milagrosamente las rayitas de cobertura, volvemos a comprobar el wifi aunque sabemos perfectamente que sigue sin funcionar y terminamos preguntando a alguien si también le ocurre, más que nada para confirmar que esta vez no hemos sido nosotros quienes hemos tocado algo que no debíamos.

Y en medio de todo aquello aparece un aparato que parecía pertenecer a otra época.

La radio.

No hablamos de una aplicación del teléfono ni de escuchar una emisora a través de internet, porque ambas dependen precisamente de las conexiones que acabamos de perder. Hablamos de la radio tradicional, la que recibe directamente las ondas y que, si dispone de pilas o de una fuente autónoma de energía, puede seguir funcionando sin fibra óptica, wifi ni datos móviles, siempre que la emisora continúe transmitiendo.

De repente, aquel invento cuyos primeros pasos hemos recorrido durante todo este artículo recupera buena parte de su razón de ser.

Porque tendemos a imaginar el progreso tecnológico como una escalera en la que cada peldaño nuevo convierte al anterior en inútil. Internet sustituyó esto, el móvil aquello, las plataformas terminaron con lo otro… hasta que llega una avería importante y descubrimos que quizá la historia no funciona exactamente así.

¿Qué hacemos cuando la tecnología que utilizamos para informarnos deja precisamente de permitirnos estar informados?

En determinadas situaciones de emergencia, la sencillez puede convertirse en una enorme ventaja. Un pequeño receptor alimentado por pilas puede continuar recibiendo información aunque en nuestra casa no haya conexión a internet o la cobertura móvil haya desaparecido. No necesita establecer una comunicación de ida y vuelta con ninguna red: la señal está viajando por el aire y el aparato únicamente tiene que recogerla.

Conviene no convertir esto en una verdad absoluta. Una emisora también necesita infraestructura y energía para transmitir, por lo que la radio tampoco es invulnerable. Pero su capacidad para seguir llegando directamente a miles de receptores sin depender de la conexión individual de cada usuario explica por qué continúa teniendo un enorme valor cuando otras redes fallan.

Resulta casi irónico. Hemos conseguido llevar prácticamente el mundo entero dentro de un teléfono y, cuando ese mundo digital se queda temporalmente a oscuras, una tecnología con más de un siglo de historia puede volver a convertirse en una de las formas más sencillas de saber qué está pasando.

Ayer pudimos comprobarlo.

Quizá aquella vieja radio olvidada en algún cajón, en la cocina o acumulando polvo sobre una estantería ya no parezca tan antigua.

Puede que incluso merezca unas pilas nuevas.

Una voz desde Villamiel

Después de recorrer más de un siglo de historia, resulta inevitable mirar hacia nuestro pequeño rincón de este enorme universo.

Por eso Villamiel Va tiene también su radio.

No pretendemos competir con aquellas grandes emisoras que hicieron historia ni convertir una iniciativa local en algo que no es. La idea resulta mucho más sencilla y, precisamente por eso, mucho más cercana: disponer de un espacio donde escuchar música, entrevistas, conversaciones, información y voces relacionadas con nuestro pueblo y nuestra comarca.

Hace poco más de cien años conseguir que una voz atravesara unos kilómetros sin utilizar cables parecía una hazaña científica. Hoy podemos sentarnos delante de un micrófono en Villamiel, hablar de aquello que sucede a nuestro alrededor y conseguir que nos escuche alguien que vive a pocos metros o una persona que tuvo que marcharse hace años y se encuentra a cientos o miles de kilómetros.

Y merece la pena detenerse ahí.

¿Cuántas personas nacidas en nuestros pueblos viven ahora lejos y siguen queriendo saber qué ocurre aquí? ¿Cuántas reconocerían inmediatamente una voz, una expresión, una canción o una historia y, durante unos minutos, sentirían que la distancia se ha hecho un poco más pequeña?

La tecnología ha cambiado radicalmente desde aquellos experimentos de finales del siglo XIX, pero esa capacidad para acercar a las personas continúa siendo probablemente la parte más fascinante de la radio.

Ayer, cuando internet y las comunicaciones nos recordaron que la tecnología también falla, aquella vieja idea volvió a cobrar sentido.

Alguien habla.

Alguien escucha.

Y mientras eso siga ocurriendo, la radio seguirá teniendo algo que contar.

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Javier Romo
Javier Romo
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