
De Villamiel a Trevejo: un paseo entre castaños que termina bajo la sombra de un castillo
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No hace falta recorrer decenas de kilómetros para sentir que has viajado varios siglos atrás. A veces basta con salir de Villamiel, echar la mochila al hombro y dejar que el camino haga el resto.
Esta ruta une dos de los lugares con más personalidad de la Sierra de Gata. Empieza entre las calles tranquilas de Villamiel y termina en Trevejo, una diminuta aldea de piedra coronada por uno de los castillos más emblemáticos de Extremadura. Un recorrido que combina naturaleza, historia y unas vistas capaces de justificar el esfuerzo de cualquier subida.
El itinerario atraviesa primero el casco urbano de Villamiel. Tras dejar atrás la plaza, el camino busca la calle Soledad y desciende hasta la carretera. Apenas son unos metros de asfalto antes de volver a pisar tierra. Es entonces cuando aparece un sendero que se cuela entre dos viviendas y comienza a mostrar el carácter de esta ruta.
La bajada se realiza por un antiguo camino empedrado que todavía conserva el sabor de otros tiempos. A ambos lados aparecen los tradicionales muros de piedra, esos que llevan generaciones delimitando pequeñas parcelas donde las viñas, los olivos y los castaños siguen marcando el paisaje. Es fácil imaginar a agricultores, carros y animales utilizando este mismo paso hace muchas décadas.
Tras cruzar el arroyo de los Lagares llega el momento de cambiar de ritmo. Lo que hasta ahora era descenso se convierte en una subida constante que obliga a dosificar las fuerzas. No es un puerto de montaña, pero tampoco conviene confiarse. La buena noticia es que cada metro ganado regala nuevas perspectivas de la sierra, y eso siempre ayuda a olvidar el esfuerzo.
Después de volver a cruzar la carretera, el sendero rodea un pequeño cerro y, casi sin darte cuenta, aparece ante ti la explanada de entrada a Trevejo. Es uno de esos lugares que sorprenden incluso cuando sabes que vas a encontrarlo. Sus casas de piedra, sus calles estrechas y el silencio que las envuelve crean una atmósfera difícil de explicar con palabras.
Trevejo es pequeño, muy pequeño. Apenas unos vecinos mantienen vivo este rincón medieval que parece resistirse al paso del tiempo. Aquí no hay prisas, ni grandes avenidas, ni semáforos. Solo piedra, historia y una tranquilidad que hoy resulta casi un lujo.
Y sobre todo ello se alza el castillo.
Su origen se remonta a la época musulmana, aunque la torre que todavía permanece en pie pertenece a una etapa posterior, cuando las órdenes militares consolidaron su presencia en estas tierras fronterizas. Subir hasta las ruinas es casi una obligación. No solo por el valor histórico del lugar, sino porque desde allí la Sierra de Gata se despliega en todas direcciones ofreciendo una panorámica espectacular.
Si tienes la oportunidad de llegar al atardecer, mejor aún. El granito adquiere tonos dorados, las sombras empiezan a alargarse y el paisaje parece detener el tiempo durante unos minutos. Es uno de esos momentos que ninguna fotografía consigue reproducir del todo.
A los pies del castillo espera otra pequeña sorpresa: la ermita de San Juan Bautista. Su sencillez contrasta con el entorno que la rodea. Muy cerca pueden verse varias tumbas antropomorfas excavadas directamente en la roca granítica, testigos silenciosos de un pasado remoto que sigue despertando preguntas entre quienes las contemplan.
¿Quiénes fueron las personas enterradas aquí? ¿Cómo sería la vida en este enclave hace cientos de años? Son preguntas que probablemente no tengan una respuesta definitiva, pero forman parte del encanto del lugar.
Junto al conjunto destaca también una solitaria espadaña orientada hacia poniente, otro de esos detalles que invitan a detenerse unos minutos antes de emprender el regreso.
Para quienes aún tengan ganas de seguir caminando, Trevejo también sirve como punto de conexión con otros senderos de la comarca. Desde aquí es posible enlazar con el camino que conduce hasta Hoyos, ampliando la ruta y descubriendo nuevos paisajes de la Sierra de Gata.
Al final, esta excursión demuestra que no hace falta buscar grandes desafíos para disfrutar de una jornada inolvidable. Bastan unos kilómetros, un sendero con historia y las ganas de dejarse sorprender.
Porque hay rutas que se recuerdan por la dificultad… y otras, como esta, porque uno termina pensando que debería volver mucho antes de lo previsto.









